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martes, 30 de octubre de 2018

TERREMOTO Y ROGATIVA


   A mediados del s. XVIII, siendo rey de las Españas el tercero de la Casa de Borbón, Fernando VI, años de reformas del Marques de la Ensenada, años de paz y rivalidad latente con las potencias europeas, cuando corría el año de 1755, en la mañana del sábado, uno de noviembre (Día de Todos los Santos) se produce uno de los mayores desastres naturales de la Península Ibérica, el conocido como “Terremoto de Lisboa”; originado por la fricción de las placas tectónicas Africana y Euroasiática; el movimiento sísmico y  consiguiente sunami afectaron de forma singular a la capital lusa y a las costas atlánticas de Portugal y España, pero poblaciones de tierras adentro también sufrieron sus consecuencias.

    Ante la magnitud de los acontecimientos el rey, Fernando VI, que había vivido en primera persona los hechos, por su matrimonio con Bárbara de Braganza, se enviaron víveres a Lisboa y para conocer el alcance del suceso en España, ordenó al Consejo de Castilla realizase un informe, para lo cual se confeccionó una encuesta de ocho preguntas que se remitió a las capitales y poblaciones importantes; documentación que se guarda en el Archivo Histórico Nacional.

Ruinas de la iglesia del que fue convento de la orden carmelita en Lisboa, destruida por el terremoto de 1755. Declarado monumento nacional es la sede del Museo Arqueológico del Carmen y de la Asociación de Arqueólogos Portugueses.


   Por esta documentación tenemos noticia de los efectos producidos en la villa de Benavente, tierras de la Casa Pimentel, representada en aquellos años por Francisco Alfonso Pimentel y Borja (1707-1763), XIV Conde de Benavente.

   El 15 de noviembre de 1755 Manuel Gareza Pescador, Alcalde Mayor de la villa, da contestación a la carta orden remitida por el Ilmo. Sr. D. Diego de Rojas y Conteras, gobernador del Real Consejo de Castilla, jesuita y por entonces Obispo de Cartagena, cuyo contenido viene a decir:

    Que el día uno con una mañana apacible y de sol, hacia las 9,45, sin señal alguna, se produjo de forma repentina un fuerte terremoto que hizo salir a los vecinos a las calles y plazas en multitudinario temor. Hasta los enfermos abandonaron sus casas como pudieron. Los templos y sus capiteles se bamboleaban con tal violencia que las campanas del famoso reloj, de tamaño y peso considerable, tocaron a la vez. Los asistentes a los Oficios de Todos los Santos abandonaron los templos para ponerse a salvo del peligro que les amenazaba y los sacerdotes detuvieron la celebración de la misa saliendo a la calle con las vestiduras. Los ríos Esla y Órbigo que rodean la villa, se salieron de madre, despidiendo las barcas que hay en ellos para navegar. El terremoto tuvo una duración de siete a ocho minutos, produciéndose una pequeña replica de dos minutos de duración a las 9,45 h. de esa noche (doce horas después). Este terremoto no ocasiono desgracia alguna en personas, casas y edificios.


    Cabildo eclesiástico y Ayuntamiento acordaron realizar rogativas públicas, que se ejecutaron con gran devoción, como acción de gracia por haber librado a la villa y a sus vecinos de las calamidades que pudo haber producido el terremoto.

    Haciendo referencia a las rogativas que se organizaron encontramos dos acuerdos tomados por los Sres. Justicia y Regimiento de la villa reunidos en la Sala Capitular del Ayuntamiento (en aquellos años el Consistorio se encontraba en el Corrillo de San Nicolás, pues el edificio actual es de mediados del s. XIX). De ambos acuerdos fechados el 4 y 8 de noviembre de 1755 levantó acta y dio fe de lo tratado el escribano Thomas Ponce de León. En la primera reunión se propuso sacar en rogativa a la Virgen de la Soledad, pero alguna diferencia con el Cabildo de San Vicente hizo que en una segunda propuesta fuera la imagen de la Virgen del Carmen.

    Así reza en el acta del 8 de noviembre de 1755:
“…y para que tenga efecto e ebitar de toda discordia, y que se execute según esta acordado, determinaron los dichos Señores que en lugar de sacar a dicha nuestra Señora de la Soledad, se saque a Maria Santisima de el Carmen, que se halla sita en la iglesia Parrochial de San Andres.”

   Esta imagen de Nuestra Señora del Carmen a la que se hace referencia y que desde 1675 cuenta con una cofradía para mayor honra y gloria de la Madre del Carmelo, está actualmente depositada en dependencias de la iglesia del Carmen de Renueva como parte del patrimonio histórico-artístico de las desaparecidas iglesias de la Parroquia de Renueva. Se trata de una talla del s. XVII a tamaño natural y de peso considerable en madera de nogal policromada que, con buen criterio, se pretende restaurar dado el valor artístico atribuido por los técnicos restauradores a primera vista; la cabeza se cubre con un blanco manto del que sobresale una larga melena que cae sobre los hombros;  la rigidez expresiva del rostro de la madre contrasta con la viveza y alegría del Niño que nos trasmite la sensación de querer escapar del brazo derecho sobre el que se apoya; en el brazo izquierdo cuelga un escapulario símbolo de la entrega hecha al carmelita Simón Stock. Sobre su cabeza descansa una corona imperial de doce estrellas (le falta alguna por el deterioro de los años) en latón con baño de oro; a los pies de la imagen tres cabezas de angelitos completan la talla.

    Esta primera imagen de la Virgen del Carmen fue sustituida hacia 1875 por la que actualmente recibe culto, obra del imaginero zamorano Ramón Álvarez Moretón y donada por Diego Pascual Oliveros, en aquellos años Alcalde Mayor de la cofradía.

Imagen de la Virgen del Carmen, talla del s. XVII